
A veces desaparecen cosas extrañas, como el día en que, dónde siempre había habido una ventana, solamente quedó un hueco. Su ausencia alumbró universos desconocidos: escupitajos matutinos del vecino de arriba, achaques violentos del ruso de enfrente a su mujer, la mierda yendo tubo abajo. En general, cuando algo a lo que estábamos acostumbrados deja de estar allí, parece que lo que queda sea peor.
Es más raro aún cuando desaparece algo y no sabes qué es. Como cuando llegas a casa y echas eso en falta, eso que necesitas de verdad, piensas quién lo puede haber cogido, es algo muy importante y su falta te trae desasosiego, lo buscas pero no lo encuentras porque no sabes qué forma tiene, si es grande o pequeño, ni para qué sirve.
Cuando era más joven, perdí tiempo y dinero dejando que un charlatán pusiera un cojín frente a mí diciendo que era mi madre y que debía hablar con él. A pesar de haber sido cuarto protagonista con el rol de Oso Polar y la frase estelar “que vaya la paloma al sur, a buscar información” en la representación de sexto, no soy dado al teatro. Él un hippy y yo un burgués, no habría forma de que nos entendiéramos. Otro, ataviado con pajarita y probablemente uno de los tipos más locos que haya conocido, se dedicó a recetarme tranquimacines al final de cada una de las interminables sesiones, en las que yo apenas articulaba palabra mientras él vomitaba reflexiones sobre la vida, la literatura y los toros. Cuando decidí no gastar más dinero y hacer un último intento con un psiquiatra del seguro, llegó el clímax de mi admiración por la profesión: una hora de espera, cinco minutos de terapia, incluídos un minuto de presentaciones y un minuto para redactar una receta, tranquimacines para dormir a un elefante y a casa. Aún conservo en un cajón secreto en casa de mis padres un arsenal acumulado con el tiempo que bastaría para traer la paz a Oriente Medio.
En el paso de la adolescencia a la juventud perdí algo, creo. O lo había perdido antes y todavía no me había dado cuenta. Seguí esperando que un día alguien me ofreciera no un tranquimacín, sino una de esas pastillas rojas de Matrix para que se hinchara en mi estómago y me llenara por dentro. Ahora no sé si lo tengo o no; seguramente, como ella dice, lo tenemos todo.
Mi entonces mejor amigo sí lo tenía todo. Se entrevistó con el señor de la pajarita una vez por semana durante más de dos años. De él le gustaba su capacidad dialéctica. A veces dudo si le visitaba porque le suponía un reto intelectual más que esperando encontrar una cura, o quizá necesitaba que le faltara algo para poder buscarlo el resto de su vida. Le gustaban los retos, también ser el centro de atención y que los demás valoraran su inteligencia tanto como él mismo. Le debieron sanar porque a los 26 se casó y a los 29 tuvo su primer hijo, sus padres fueron muy felices y no es muy dado al Facebook. Seis meses después del nacimiento no se sintió cómodo acaparando todas las miradas en un funeral en el que me sorprendí llorando en su hombro.
