domingo, 30 de agosto de 2009

Se busca










A veces desaparecen cosas extrañas, como el día en que, dónde siempre había habido una ventana, solamente quedó un hueco. Su ausencia alumbró universos desconocidos: escupitajos matutinos del vecino de arriba, achaques violentos del ruso de enfrente a su mujer, la mierda yendo tubo abajo. En general, cuando algo a lo que estábamos acostumbrados deja de estar allí, parece que lo que queda sea peor.

Es más raro aún cuando desaparece algo y no sabes qué es. Como cuando llegas a casa y echas eso en falta, eso que necesitas de verdad, piensas quién lo puede haber cogido, es algo muy importante y su falta te trae desasosiego, lo buscas pero no lo encuentras porque no sabes qué forma tiene, si es grande o pequeño, ni para qué sirve.

Cuando era más joven, perdí tiempo y dinero dejando que un charlatán pusiera un cojín frente a mí diciendo que era mi madre y que debía hablar con él. A pesar de haber sido cuarto protagonista con el rol de Oso Polar y la frase estelar “que vaya la paloma al sur, a buscar información” en la representación de sexto, no soy dado al teatro. Él un hippy y yo un burgués, no habría forma de que nos entendiéramos. Otro, ataviado con pajarita y probablemente uno de los tipos más locos que haya conocido, se dedicó a recetarme tranquimacines al final de cada una de las interminables sesiones, en las que yo apenas articulaba palabra mientras él vomitaba reflexiones sobre la vida, la literatura y los toros. Cuando decidí no gastar más dinero y hacer un último intento con un psiquiatra del seguro, llegó el clímax de mi admiración por la profesión: una hora de espera, cinco minutos de terapia, incluídos un minuto de presentaciones y un minuto para redactar una receta, tranquimacines para dormir a un elefante y a casa. Aún conservo en un cajón secreto en casa de mis padres un arsenal acumulado con el tiempo que bastaría para traer la paz a Oriente Medio.

En el paso de la adolescencia a la juventud perdí algo, creo. O lo había perdido antes y todavía no me había dado cuenta. Seguí esperando que un día alguien me ofreciera no un tranquimacín, sino una de esas pastillas rojas de Matrix para que se hinchara en mi estómago y me llenara por dentro. Ahora no sé si lo tengo o no; seguramente, como ella dice, lo tenemos todo.

Mi entonces mejor amigo sí lo tenía todo. Se entrevistó con el señor de la pajarita una vez por semana durante más de dos años. De él le gustaba su capacidad dialéctica. A veces dudo si le visitaba porque le suponía un reto intelectual más que esperando encontrar una cura, o quizá necesitaba que le faltara algo para poder buscarlo el resto de su vida. Le gustaban los retos, también ser el centro de atención y que los demás valoraran su inteligencia tanto como él mismo. Le debieron sanar porque a los 26 se casó y a los 29 tuvo su primer hijo, sus padres fueron muy felices y no es muy dado al Facebook. Seis meses después del nacimiento no se sintió cómodo acaparando todas las miradas en un funeral en el que me sorprendí llorando en su hombro.

sábado, 29 de agosto de 2009

El inquilino







David Shrigley


He aparcado la bici en un lugar diferente al habitual. Ayer comí pizza congelada y para cenar recogí un durum de pollo de aquel sitio donde no hay cien pollos empalados girando frente a unos fuegos: para cada cliente, que son pocos, sacan porciones individuales de aves despiezadas de una nevera del almacén; añaden queso, champiñones y otros ingredientes poco habituales que se funden con el sabor a monedas y el sudor de las manos del cocinero. Para comer me he preparado un empedrat cortando un tomate, un pimiento medio rojo medio verde semipodrido y una cebolla diminuta, añadiendo un bote de garbanzos pequeño y aderézandolo todo con aceite sabor intenso y sal marina.

He pensado que tengo que cenar algo saludable. El problema es que, cuando estoy solo, me cuesta cocinar, no puedo hacer nada que tarde más de 10 minutos y ensucie más de un cacharro -dos si contamos un colador. A menudo, mi dieta va poco más allá de la pizza, el durum y, en verano, el empedrat. Porque, si me pongo a cocinar de verdad, sobrevaloro mi hambre y hago comida para alimentar a un regimiento, no tengo mesura. Aunque mi recetario personal no sea demasiado amplio, se me da bien, pero solo cocino si estoy en pareja, no sé congelar cosas o comer restos de tupperwares. Vivir en pareja me resulta saludable, pero hoy estoy solo.

He aparcado al otro lado de la avenida, cerca del OpenCor, anhelando un amplio surtido de productos adquiribles a deshora. De camino entre la estación de bicing y el supermercado paso por un pasaje entre dos enormes bloques. En el punto más estrecho, unos chicos charlan en un banco entre dos pistas de petanca. Un poco más adelante la acera, aún estrecha, entra en penumbras. Allí lo he visto. Es negro, gigantesco para un insecto, incluso para una cucaracha grande, demasiado esvelto para un ratón. Se mueve muy rápidamente en zigs zags irregulares, yendo y volviendo abarcando todo el ancho de la acera que debo atravesar, entre la fachada y el terraplén. Me detengo un segundo, pero enseguida concluyo que pertenezco a la raza que domina el mundo y la galaxia y que no tengo por qué temer a un ser de tan insignificantes dimensiones. Además, están ellos, los chulos del barrio, ¿qué iban a pensar de un niño bien como yo si me desviara para esquivar a un bicho? Me acerco sin apenas asimilar estas reflexiones y eso sigue su frenético devaneo. Llego al su terreno, un paso, sigue allí, alrededor de mi pie, otro paso, desaparece. Salto poseído, ahogo un grito: no lo he visto irse, simplemente ha desaparecido. Seguro que ha trepado por mi pierna, pero no he sentido nada. Palpo mi camiseta, mis pantalones, golpeo el suelo fuertemente a cada nuevo paso hacia el OpenCor, que será mi refugio de la risa de los chicos del barrio que sospecho a mi espalda. Creo que ha entrado dentro de mi.

Llego a una casa extraña pero familiar y me como los raviolone y bebo cerveza frente a la tele. Estoy inquieto y ni esta rudimentaria película de acción me hace dejar de pensar que me había prometido que no volvería a esta casa hasta que fuera acompañado de su inquilina. Soy un habitante nómada en sombras, más ahora que una sombra se ha infiltrado en mi cuerpo. Estoy en una casa que no es la mía y no solo he vuelto sino que he traído a un invitado.

viernes, 28 de agosto de 2009

Chocolateterapia familiar

The future of society is in the hands of mothers









"The future of society is in the hands of mothers"


Una marca de agua mineral de un manantial del Montseny sortea una noche de hotel en Andorra y una visita a Caldea, peeling de vinoterapia o chocolateterapia incluido. El interior de la etiqueta reza:

“Oferta válida de lunes a domingo, del 15 de mayo al 31 de julio de 2009 y del 13 de septiembre al 30 de noviembre de 2009, excepto del 2 al 12 de junio de 2009, del 10 al 12 de octubre de 2009 y del 16 al 20 de noviembre de 2009.”

Añade:

“NO OLVIDES CONSERVAR TU TICKET DE COMPRA, si ganas lo necesitarás.”

Lo leo desconcertado, desorientado. Guardo la etiqueta para releerla luego de camino a casa, pero con la firme intención de no participar porque (1) Andorra es el país más aburrido del mundo, (2) no tengo coche y odio viajar en autobús más de una hora y (3) dudo si valdría el ticket del restaurant en el que estoy cenando, y odiaría la decepción de ser descalificado en caso de que me tocara.

Unas horas antes había leído mi titular del día del periódico: “Un vigilante evita que una mujer se suicide y la salva de su agresor”. Me pregunto si es 28 de diciembre cada día.

Me digo que, leyendo el periódico todos los días como he venido haciendo últimamente, y con estas otras pequeñas cosas cotidianas, puedo suplir mi vacío existencial. He encontrado mi leit motiv. Por lo menos, hasta que tenga un hijo, si es que eso sucede: todas mis parejas hasta la fecha han dudado de mi capacidad y madurez para ser padre. Por suerte mi novia que no es mi novia por ahora solo lo ha insinuado pero sin afirmarlo taxativamente: ella es ésa que siempre tiene la razón en todo, que la tiene de verdad, y por eso la quiero y la odio.

Estoy cenando con mi sobrino de tres años a quién acabo de conocer. Están su padre y hermano mío, mi hermana y mi madre; mi padre se ha retirado hace un rato. Al mediodía, he llegado tarde al restaurant donde estaban comiendo, a la hora de los postres. La familia, que por entonces incluía otros tíos, primos y niños y ocupaba medio comedor, ha tenido que esperar mientras yo devoraba un bistec con patatas y un delicioso soufflé de chocolate cubierto de chocolate y relleno de chocolate. Hemos ido a las fiestas del barrio: chocolatada, marionetas y payasos. Mi madre ha sacado un montón de bonitas instantáneas de mi interacción con el niño: haciéndole volar, poniéndole caras, dejando que me robe la barba para ponérsela, sujetándolo por los pies con una mano como a un pollo mientras su padre me mira preocupado, riéndole las gracias, malcriándolo.

La marioneta que le he regalado, una original obra de artesanía con el pelo en llamas, pico en lugar de boca, ojos saltones, grandes pies y un traje  rojo y violeta con guirnaldas, le ha dado miedo y ha habido consenso familiar de que es poco adecuada. Lo mismo con el libro para aprender inglés de 1954  que encontré en un mercadillo a 8.000km. de aquí. Se ve que, a esa edad, los niños todavía no hablan inglés ni mucho menos lo leen, ni tampoco saben apreciar el encanto de lo viejo, antiguo en sentido estricto ya que el libro tiene más de 50 años. Como he tardado tanto en conocerle, le he traído no uno ni dos, sino tres regalos. La funda de cojín con un elefante bordado en patchwork me ha salvado del escarnio familiar.

Vive en Munich y pasa solamente algunos fines de semana con mi hermano, se separaron durante el embarazo. Ella se volvió loca y creía que mis padres querían raptar a su nieto, por eso hasta ahora no le había dejado salir del país. En este tiempo he viajado a otras partes de Alemania en varias ocasiones pero nunca lo bastante cerca de Munich. Mis padres me han invitado a acompañarles dos semanas santas consecutivas, pero siempre tenía otros quehaceres que ahora no recuerdo. Me sabe mal no haberle conocido antes, porque ha sido una tarde divertida.