David Shrigley
He aparcado la bici en un lugar diferente al habitual. Ayer comí pizza congelada y para cenar recogí un durum de pollo de aquel sitio donde no hay cien pollos empalados girando frente a unos fuegos: para cada cliente, que son pocos, sacan porciones individuales de aves despiezadas de una nevera del almacén; añaden queso, champiñones y otros ingredientes poco habituales que se funden con el sabor a monedas y el sudor de las manos del cocinero. Para comer me he preparado un empedrat cortando un tomate, un pimiento medio rojo medio verde semipodrido y una cebolla diminuta, añadiendo un bote de garbanzos pequeño y aderézandolo todo con aceite sabor intenso y sal marina.
He pensado que tengo que cenar algo saludable. El problema es que, cuando estoy solo, me cuesta cocinar, no puedo hacer nada que tarde más de 10 minutos y ensucie más de un cacharro -dos si contamos un colador. A menudo, mi dieta va poco más allá de la pizza, el durum y, en verano, el empedrat. Porque, si me pongo a cocinar de verdad, sobrevaloro mi hambre y hago comida para alimentar a un regimiento, no tengo mesura. Aunque mi recetario personal no sea demasiado amplio, se me da bien, pero solo cocino si estoy en pareja, no sé congelar cosas o comer restos de tupperwares. Vivir en pareja me resulta saludable, pero hoy estoy solo.
He aparcado al otro lado de la avenida, cerca del OpenCor, anhelando un amplio surtido de productos adquiribles a deshora. De camino entre la estación de bicing y el supermercado paso por un pasaje entre dos enormes bloques. En el punto más estrecho, unos chicos charlan en un banco entre dos pistas de petanca. Un poco más adelante la acera, aún estrecha, entra en penumbras. Allí lo he visto. Es negro, gigantesco para un insecto, incluso para una cucaracha grande, demasiado esvelto para un ratón. Se mueve muy rápidamente en zigs zags irregulares, yendo y volviendo abarcando todo el ancho de la acera que debo atravesar, entre la fachada y el terraplén. Me detengo un segundo, pero enseguida concluyo que pertenezco a la raza que domina el mundo y la galaxia y que no tengo por qué temer a un ser de tan insignificantes dimensiones. Además, están ellos, los chulos del barrio, ¿qué iban a pensar de un niño bien como yo si me desviara para esquivar a un bicho? Me acerco sin apenas asimilar estas reflexiones y eso sigue su frenético devaneo. Llego al su terreno, un paso, sigue allí, alrededor de mi pie, otro paso, desaparece. Salto poseído, ahogo un grito: no lo he visto irse, simplemente ha desaparecido. Seguro que ha trepado por mi pierna, pero no he sentido nada. Palpo mi camiseta, mis pantalones, golpeo el suelo fuertemente a cada nuevo paso hacia el OpenCor, que será mi refugio de la risa de los chicos del barrio que sospecho a mi espalda. Creo que ha entrado dentro de mi.
Llego a una casa extraña pero familiar y me como los raviolone y bebo cerveza frente a la tele. Estoy inquieto y ni esta rudimentaria película de acción me hace dejar de pensar que me había prometido que no volvería a esta casa hasta que fuera acompañado de su inquilina. Soy un habitante nómada en sombras, más ahora que una sombra se ha infiltrado en mi cuerpo. Estoy en una casa que no es la mía y no solo he vuelto sino que he traído a un invitado.
La gripe A se mueve en zigzag?
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