
Tengo que esperar, van dos delante mío. Serán cinco minutos como mucho, en la “Peluquería Internacional / Internacional Peluquería” cobran sólo cinco euros y sus aplicados asalariados paquistanís son breves pero eficientes. El precio del corte, anunciado impreso con letras que llegan casi a sangre de un folio enganchado en la puerta del establecimiento, atrae al público más variopinto. Bien pensado, quizá sea yo el único elemento grotesco.
Mientras esperaba, la última vez que vine, a finales de verano, un gitano negociaba el dibujo que el paqui debía hacerle con la máquina en las cejas. Su hermano se puso celoso y quiso lo mismo, pero aplicando el motivo a las patillas también. Cuando hubieron acabado, su primo, que esperaba a mi lado, se levantó de la silla y se quitó la camiseta. Mientras se frotaba el abundante vello que cubría su pecho sudoroso, le pidió que le pasara la máquina. El peluquero se plantó y, con muchas sonrisas y buenas palabras, consiguió que pagaran: el gitano metrosexual volvió feliz a su campamento de La Pau con sus vanidosos primos tras un fabuloso plan de sábado mañana.
Me alegro de que no le rasurara el pecho porque, aunque en términos generales soy poco escrupuloso para un burgués, la idea de que esa misma máquina se deslizara después por mi cuero cabelludo me daba cierta grima. Y habría sido una pena, porque esta peluquería es estupenda.
He tardado años en dar con un sitio en el que me sintiera tan a gusto. De niño me aguantaba o lloraba o me daba igual, y siendo adolescente me distraía con el roce de mi codo con la bella peluquera cuando se inclinaba para repasarme la coronilla desde el lado. Además, tenían un montón de productos que no conocía, y yo me había educado leyendo en el lavabo: antes de aprender a masturbarme, ya sabía de memoria todos los ingredientes que contenían los frascos de perfumes, jabones, champuses, suavizantes, desodorantes y cremas y cremitas varios que había en mi casa. Los consultaba en las horas que pasaba sentado en el trono, hasta que fui adolescente y conocí a mi peluquera: entonces empecé a mirar los frascos en la peluquería y estar pendiente de ella en mi lavabo.
Desde que me mudé a los 24 años odio todo lo relacionado con las peluquerías: la espera con revistas insoportables, las conversaciones vacías de rigor que me hacían sentir estúpido, la música, la clientela, los precios. Durante unos años me corté el pelo yo mismo; acabé siendo bastante pericioso y era capaz de lograr resultados más que decentes con unas tijeras de cocina y un par de horas de trabajo.
Con los años, sin embargo, cada vez me costaba más encontrar tiempo, y viviendo en pisos compartidos raramente podía monopolizar el baño durante tanto rato. Así que mi nueva estrategia fue esperar todo lo posible, cortar en peluquería a máquina (más rápido, más corto) y no volver hasta que la situación capilar fuera otra vez insostenible.
Ya me toca. Corto pero no demasiado, algo más por los lados y por detrás. Con tijeras. Afeitar serán dos euros más, me lo puedo permitir. Se sienta a mi lado un tipo que debe tener 25 años. Ha venido acompañado de un amigo, han llegado los dos en una moto que hace un ruido infernal y la han aparcado justo en la puerta. Su brazo se descubre bajo esa tela que ponen para que el pelo evite la ropa en su camino hacia el suelo. No soy el único que se fija. “¿Tu novia te araña?”, le pregunta mi peluquero con su castellano casi ininteligible, aludiendo a las más de 20 cicatrices que tiene. Son cortas, prácticamente paralelas, surcan transversalmente todo el antebrazo de muñeca a codo, de unos cinco centímetros de longitud cada una. No. Se las hicieron en el trullo. O se las hizo él, no queda claro. El paqui que le corta el pelo le dice que no podrían ser de su novia, que seguro que a él le gusta que le den por culo. Él dice que ni hablar, que su verga es tan fardona como su moto. Si le interesa, se la podría vender, vale 1.200eur., pero el paqui tenía en mente un trueque por unos cuantos cortes de pelo. Y en esta breve conversación, mi exceso de pelo y barba ya ha desaparecido. Rápido y eficiente.
Casualmente, acabo de empezar a leer La mesa Limón de Julian Barnes que me ha recomendado ella, y no me está gustando. Mi peluquería es mucho mejor que las suyas y, si no le gustan, que aprenda a cortarse el pelo él mismo. La semana que viene me mudo a otro barrio bastante lejos, y no sé si podré volver a la “Peluquería Internacional / Internacional Peluquería”. Les echaré a todos de menos, incluso a aquel indio que se desvirgó con mi pelo.
Me encontré de repente leyéndote...no sé de donde venía pero volveré
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